Desde 2010 hasta 2024, la densidad de capturas del corzo se ha mantenido relativamente estable, con aproximadamente 7 corzos abatidos por cada 1.000 hectáreas (fig. 2.19). Durante ese mismo periodo, la población de jabalí ha experimentado un crecimiento espectacular y actualmente constituye la especie cinegética más importante a escala nacional. Al mismo tiempo, el número de alces y liebres de montaña abatidos ha disminuido. Surge entonces una pregunta evidente: ¿por qué el corzo no muestra una tendencia similar en su densidad de capturas?
El corzo y el jabalí no compiten de manera significativa por los recursos alimenticios. Sin embargo, el hozado de los jabalíes, que deja al descubierto superficies de suelo desnudo, puede crear condiciones favorables para el establecimiento de nueva vegetación herbácea. Este tipo de vegetación podría beneficiar la disponibilidad de alimento para el corzo. Los procesos de sucesión y los cambios en la vegetación tras perturbaciones del suelo son fenómenos bien conocidos en ecología vegetal.
No obstante, se desconoce si el hozado de los jabalíes favorece realmente especies vegetales atractivas para el corzo. De ser así, este mecanismo podría contribuir a explicar por qué las densidades de corzo se han mantenido relativamente estables durante los últimos catorce años, mientras que especies más ligadas al entorno forestal, como el alce y la liebre de montaña, han continuado disminuyendo.
También conviene señalar que el NSI (Inventario Forestal Nacional de Suecia) informa de una evolución positiva de la vegetación herbácea desde 2017.
El corzo y el jabalí parecen preferir paisajes en los que las zonas de pastizal se encuentran en estrecha proximidad a las áreas forestales. Las poblaciones locales de jabalí suelen ser alimentadas en puntos de aporte para facilitar la caza, reducir los daños en los cultivos agrícolas y mantener a los animales dentro de una zona determinada. La figura 2.18 muestra una representación tridimensional de la distribución del suelo removido por los jabalíes. La altura de los picos corresponde a la cantidad de terreno hozado. Estos picos coinciden además con la ubicación de los puntos de alimentación. Las perturbaciones más extensas del suelo se concentran en los lugares donde se aporta alimento y se localizan en ambientes atractivos tanto para el corzo como para el jabalí.
Figura 2.18 El mapa tridimensional muestra la distribución del suelo removido por los jabalíes en Björkvik, Södermanland. La altura de los picos corresponde a la frecuencia observada de hozaduras de jabalí. Los picos coinciden con la proximidad de cebaderos y puntos de alimentación.
En lo que respecta a las limitaciones climáticas, el jabalí presenta
un patrón similar al del corzo. Ambas especies se ven perjudicadas por
los inviernos rigurosos y por los suelos helados. Por ello, el límite
septentrional de distribución del jabalí coincide en gran medida con las
zonas meridionales de las provincias de Dalarna y Gävleborg. No
obstante, conviene señalar que una alimentación suplementaria intensiva
puede facilitar el establecimiento de poblaciones de jabalí incluso en
latitudes más septentrionales. Como ya se ha mencionado, existen buenas
razones para que la investigación sobre fauna silvestre aporte más
conocimientos acerca de cómo la presencia del jabalí afecta tanto a las
poblaciones de corzo como a la flora vascular.
Observe lo que sucede cuando la época dorada del corzo, caracterizada por altas densidades de capturas, llega a su fin y la especie parece entrar en un periodo de relativa estabilidad a partir de 2010. Al mismo tiempo, tanto el alce como la liebre de montaña continúan disminuyendo durante ese mismo periodo. La pregunta es, por tanto, por qué el corzo no parece compartir el mismo destino.
Figura 2.19 El gráfico abarca el periodo comprendido entre 2010 y 2024. Durante estos años, tanto el jabalí como el gamo estaban ya bien establecidos en las provincias meridionales (es decir, aquellas cuyos límites septentrionales se sitúan al sur de los 60° N). Ambas especies muestran incrementos estadísticamente significativos en la densidad de capturas, mientras que el alce presenta un claro descenso desde 2010. En cambio, las capturas de corzo parecen haberse mantenido relativamente estables durante los últimos quince años. La liebre de montaña se ha omitido de la figura por razones de legibilidad, pero como ya se ha señalado, la especie se encontraba en una situación preocupante desde comienzos de la década de 2000. En 2010 se abatían 0,6 liebres de montaña por cada 1.000 hectáreas. En 2023, la cifra había descendido a apenas 0,2 por cada 1.000 hectáreas, lo que equivale aproximadamente a una liebre de montaña abatida cada cinco años en una superficie de 1.000 hectáreas.
El corzo es muy selectivo en su alimentación. Su dieta se compone principalmente de hierbas, gramíneas tiernas, hojas, yemas, brotes jóvenes de arbustos y árboles, así como bellotas. Por ello, el corzo suele encontrarse en paisajes donde los bosques y los pastizales aparecen en estrecha proximidad (véase la figura 2.14).
El gamo, por el contrario, prefiere alimentos con un contenido mucho más elevado de fibra y un menor valor nutritivo. En muchas zonas, las gramíneas y otras plantas herbáceas comunes constituyen una parte importante de su dieta, aunque también consume hojas, brotes, bellotas y otros recursos vegetales cuando están disponibles. Esta dieta más amplia permite al gamo aprovechar con éxito pastizales, claros de tala y terrenos agrícolas donde la vegetación es abundante, aunque no necesariamente de la máxima calidad. Un estudio mostró, por ejemplo, que alrededor del 36 % del contenido estomacal estaba compuesto por Avenella flexuosa, una gramínea característica de los claros de tala de entre dos y cuatro años de edad.
El jabalí es omnívoro y marcadamente oportunista. Aprovecha los recursos alimenticios disponibles en cada momento. Su dieta incluye raíces, hongos, tubérculos, bulbos, semillas, cultivos agrícolas, invertebrados y carroña, mientras que las bellotas y otros frutos forestales constituyen con frecuencia recursos estacionales importantes. Uno de los comportamientos más característicos del jabalí es el hozado en busca de alimento bajo la superficie del suelo, como raíces, trufas e invertebrados. Esta conducta explica en parte por qué los jabalíes tienen dificultades para soportar inviernos rigurosos. Cuando el suelo permanece congelado, el acceso al alimento disminuye y la mortalidad puede aumentar considerablemente en ausencia de alimentación suplementaria. Al mismo tiempo, conviene recordar que prácticamente todas las poblaciones locales de jabalí en Suecia disponen de algún tipo de aporte alimenticio complementario, lo que reduce el impacto de los inviernos más severos.
El hozado de los jabalíes provoca perturbaciones en el estrato herbáceo y deja expuestas superficies de suelo desnudo donde especies vegetales oportunistas pueden establecerse y generar nueva vegetación. Con el tiempo, estas especies pioneras son reemplazadas por plantas herbáceas perennes y especies leñosas. Es posible que el fuerte pero tardío aumento de las poblaciones de corzo, en comparación con el alce y la liebre de montaña, estuviera relacionado con una intensa presión de ramoneo. Cuando las poblaciones de alce y liebre de montaña comenzaron a disminuir, el corzo pudo haberse beneficiado temporalmente de una mayor disponibilidad de vegetación herbácea. Esto nos lleva a preguntarnos por qué la densidad de capturas del corzo, a diferencia de la del alce y la liebre de montaña, se estabilizó entre seis y ocho animales abatidos por cada 1.000 hectáreas a partir de 2010. Dado que jabalíes y corzos suelen compartir paisajes donde se combinan bosques y tierras agrícolas, resulta tentador plantear que el hozado del jabalí contribuye a crear una vegetación favorable para el corzo. Sin embargo, actualmente no existe evidencia directa que respalde esta hipótesis. También podrían intervenir otros factores, como el alargamiento de las temporadas de crecimiento o la reducción de la competencia derivada del descenso de las poblaciones de alce y liebre de montaña. Por el contrario, el crecimiento de la población de gamos no parece afectar al corzo de la misma manera, probablemente porque el solapamiento en sus preferencias alimenticias es limitado.
La explicación más sencilla y razonable es, por tanto, que las condiciones alimenticias cambiaron de una manera que favoreció las preferencias del corzo. La silvicultura basada en cortas a hecho y la posterior regeneración de la vegetación incrementaron notablemente la capacidad de carga del hábitat. Esta transformación favoreció inicialmente la disponibilidad de alimento para el alce. El resultado fue un rápido crecimiento de sus poblaciones y, con el tiempo, una fuerte presión de ramoneo que alteró la composición del estrato herbáceo. Estos cambios crearon posteriormente condiciones favorables para la liebre de montaña. La presión de ramoneo ejercida por densas poblaciones de alces y liebres de montaña fue modelando progresivamente una vegetación que aumentó la capacidad de carga del bosque para el corzo, lo que condujo a niveles extraordinariamente altos de capturas. Esta secuencia de acontecimientos recuerda las palabras atribuidas a Arquímedes: «No perturbes mis círculos». En términos sencillos, significa que toda alteración, ya sea aleatoria o provocada, genera consecuencias, algo que la evolución de la liebre de montaña parece ilustrar con claridad.
El corzo depende de un entorno alimenticio más diverso que el requerido por el alce o la liebre de montaña. Para satisfacer sus necesidades energéticas y nutricionales utiliza tanto zonas forestales como pastizales. A diferencia del alce y de la liebre de montaña, que continúan disminuyendo, las densidades de corzo se han mantenido relativamente estables desde 2010 (figura 2.19).
Para comprender por qué ocurre esto, también debemos considerar la
evolución del jabalí y del gamo. El ciervo rojo presenta a menudo
densidades elevadas a escala local, pero sus densidades de captura
siguen siendo bajas a escala nacional y, por ello, no se ha incluido en
los análisis. En la actualidad, jabalí, gamo y corzo constituyen las
especies de ungulados más frecuentes en las estadísticas cinegéticas.
¿Podría esto ofrecernos una pista sobre el futuro de la caza al sur del
paralelo 60?
Los resultados presentados en esta recopilación se centran en la evolución de las densidades de capturas de especies cinegéticas tanto autóctonas como introducidas: alce, corzo, liebre de montaña, jabalí y gamo. La información utilizada procede de datos nacionales para el periodo 1939–2023 o de datos provinciales para el periodo 1966–2023. El ciervo rojo sigue presentando densidades relativamente bajas a escala nacional, aunque localmente puede ser abundante, por lo que no ha sido incluido en los análisis.
El origen de esta recopilación se encuentra en el debate sobre la población de alces y los daños causados a los bosques de producción, desarrollado hace aproximadamente un año en las páginas de opinión de Dagens Nyheter (DN) y continuado posteriormente en la revista Svensk Jakt. Estas discusiones revelan una forma unidimensional de abordar soluciones dentro de ecosistemas complejos, donde el objetivo parece consistir en encontrar un punto de equilibrio entre intereses contrapuestos. Precisamente ahí reside el núcleo del problema. Toda modificación, ya sea consecuencia de procesos naturales o de los distintos intereses de los actores que intervienen en el hábitat forestal, desencadena una cadena de efectos. En los sistemas ecológicos complejos no existen soluciones permanentes, sino únicamente estados temporales de equilibrio. Toda alteración genera consecuencias, independientemente de cuál haya sido su origen.
Esta es también la dificultad fundamental en la gestión del paisaje forestal. La silvicultura persigue unos objetivos y la gestión cinegética otros. A ello se suman los intereses de la conservación de la naturaleza, condicionada en gran medida por la normativa de la Unión Europea, así como las distintas formas en que los propietarios gestionan sus tierras.
Dicho de forma sencilla, una silvicultura racionalizada basada en masas forestales de edad uniforme y elevada rentabilidad económica funcionó bien, al menos durante un tiempo. El principio era simple: tala rasa, reforestación, aprovechamiento y repetición del mismo ciclo. Sin embargo, parece que las consecuencias ecológicas de esta profunda transformación del manejo forestal recibieron una atención limitada. La señal de alarma apareció cuando los daños en las repoblaciones forestales comenzaron a aumentar debido al rápido crecimiento de las poblaciones de alce. La enorme disponibilidad de alimento generada en los claros de tala creó las condiciones para una expansión sin precedentes de esta especie. Al otro lado de la valla, los cazadores celebraban los abundantes rendimientos cinegéticos que ello generaba. Los incrementos diferidos y los posteriores descensos observados en las capturas de liebre de montaña y corzo tras la expansión del alce constituyen ejemplos claros de reacciones ecológicas en cadena.
Retomando las palabras atribuidas a Arquímedes, surgió un ecosistema de círculos alterados, gobernado por mecanismos de retroalimentación diferida entre la vegetación y los herbívoros. La dinámica estuvo impulsada principalmente por cambios en las prácticas forestales, cuyo objetivo era maximizar el rendimiento económico mediante masas densas y uniformes dominadas por coníferas. La utilización de herbicidas para incrementar aún más la producción añadió una dimensión adicional al modificar la diversidad vegetal. El camino hacia un hábitat transformado ya estaba trazado. La cuestión fundamental no es si el hábitat forestal ha cambiado, sino de qué manera esos cambios han afectado a cada una de las especies de ungulados y a la liebre de montaña.
Las nuevas prácticas de tala rasa modificaron la disponibilidad de alimento dentro del ecosistema forestal. El alce fue la primera especie en responder al cambio en la capacidad de carga, seguido por la liebre de montaña y, con un retraso adicional, por el corzo. Estas respuestas diferidas sugieren que el hábitat forestal se vio influido tanto por las diferencias en la dieta de las especies como por los cambios en la presión de ramoneo ejercida por alces, liebres de montaña y corzos.
Cuando las poblaciones dejan de disponer de alimento ilimitado, las densidades excesivas terminan deteriorando progresivamente la capacidad de carga del hábitat. Esta presión de ramoneo modifica la vegetación tanto en cantidad como en diversidad, y afecta además a la capacidad de recuperación de la cubierta vegetal del suelo. El resultado es una cadena de acontecimientos en la que causa y efecto rara vez se producen de forma simultánea.
El alce responde primero al aumento de alimento generado tras las cortas a hecho. Posteriormente le sigue la liebre de montaña, a medida que cambia la composición del estrato herbáceo, mientras que el corzo responde más tarde cuando la vegetación se vuelve más rica en plantas herbáceas. El sistema no avanza hacia un equilibrio permanente, sino que atraviesa una sucesión de ajustes retardados en los que cada fase crea las condiciones necesarias para la siguiente.
Otro aspecto importante es la introducción del gamo y la reintroducción del ciervo rojo y del jabalí. La mayoría de estas poblaciones proceden originalmente de cercados cinegéticos. A finales del siglo XX existían más de 250 cercados registrados para ciervos, además de un número desconocido de instalaciones destinadas al jabalí. Con frecuencia, los animales escapaban debido al deficiente mantenimiento de las vallas o eran liberados deliberadamente cuando los propietarios ya no podían sostener económicamente este tipo de explotaciones cinegéticas.
Sin embargo, el aspecto realmente importante no es el número de
cercados. Lo fundamental son las consecuencias ecológicas que estas
especies han tenido sobre la capacidad de carga del hábitat forestal. Un
efecto evidente ha sido el aumento de la presión de ramoneo. Las
estadísticas cinegéticas sugieren que la liebre de montaña ha sido la
especie más perjudicada, mientras que la población de alces parece
encontrarse en un proceso de declive a largo plazo. De hecho, la
evolución de la densidad de capturas de la liebre de montaña apunta a
cambios en el estrato herbáceo que ya no parecen satisfacer
adecuadamente sus necesidades de alimento y refugio. Conviene señalar,
no obstante, que las especies introducidas difícilmente pueden
considerarse responsables directas del descenso de la liebre de montaña.
Densidades excesivamente altas de alce y el espectacular crecimiento de
la población de corzos fueron probablemente los factores más
importantes detrás de su declive.
La razón por la que volví a interesarme por la gestión de los recursos naturales renovables fueron los artículos de opinión publicados en Dagens Nyheter (DN) sobre el declive de la población de alces en Suecia. Los razonamientos que suelen aparecer en estos textos se basan con frecuencia en una visión simplificada de la relación entre causa y efecto. Con simplificada me refiero a planteamientos del tipo: si A disminuye, entonces B aumentará. Este tipo de conclusiones puede funcionar en sistemas cerrados y limitados.
Pero ¿cómo funcionan estos razonamientos en ecosistemas como los hábitats forestales, donde numerosos organismos responden simultáneamente a cambios que tienen lugar en sistemas complejos y donde el equilibrio entre todos sus componentes solo existe en teoría?
Para lograr cambios sostenibles a largo plazo, el gestor debe considerar el ecosistema forestal en su conjunto y preguntarse por qué presenta las características actuales. Solo a partir de un conocimiento ecológicamente fundamentado de las relaciones de causa y efecto es posible diseñar un programa de actuación destinado a corregir los problemas existentes. El siguiente paso consiste en definir claramente qué objetivos se pretende alcanzar mediante dichas medidas de gestión.
Un gestor pragmático también intenta anticipar qué otras consecuencias puede generar una medida determinada. Dicho de forma más directa, muchas decisiones parecen haberse tomado sin un análisis profundo de las repercusiones que podrían tener en un contexto más amplio. Los efectos de actuaciones pasadas continúan influyendo en los niveles poblacionales de varias de nuestras especies silvestres.
Por tanto, la simple lógica A–B no funciona en ecosistemas complejos. Cada intervención pone en marcha una cadena de reacciones cuyas consecuencias suelen hacerse evidentes varios años después. Si se desea una gestión más eficaz, la responsabilidad debería concentrarse en una única autoridad con la competencia necesaria para diseñar, ejecutar y evaluar programas de gestión, de forma similar al Fish and Wildlife Service de Estados Unidos. Mantener la gestión de la fauna silvestre distribuida entre las 21 administraciones provinciales suecas difícilmente parece la solución. Si se quieren alcanzar cambios duraderos, primero es necesario identificar las causas subyacentes de la situación actual. Solo entonces tiene sentido debatir qué medidas deberían adoptarse.
En mi opinión, la estrategia aislada centrada en reducir los daños forestales y disminuir las densidades de alce ha contribuido a la situación actual: una población de alces en declive, con una capacidad reproductiva deteriorada y recientemente clasificada como Near Threatened (NT). Al mismo tiempo, la liebre de montaña, pese a presentar densidades manifiestamente bajas, sigue estando clasificada de forma sorprendente como Least Concern (LC) en la Lista Roja de la Universidad Sueca de Ciencias Agrarias.
La mayoría de las medidas de este tipo están, en la práctica, condenadas al fracaso o incluso corren el riesgo de producir el efecto contrario al deseado. Lo mismo puede decirse de muchas de las explicaciones y propuestas que aparecen en el debate de opinión en Dagens Nyheter, donde factores secundarios son presentados con frecuencia como causas principales. Para alcanzar soluciones sostenibles a largo plazo es necesario considerar el ecosistema forestal en su conjunto e identificar los verdaderos mecanismos causales. ¿Por qué la población de alces se encuentra en mal estado? ¿Por qué la liebre de montaña disminuyó tras los años de máxima abundancia a finales de la década de 1980? ¿Por qué sigue aumentando la población de gamos?
Para comprender estas cuestiones es necesario comenzar por el factor más importante: la disponibilidad de alimento. A continuación deben considerarse la competencia entre especies, la depredación, los brotes de enfermedades (sin incluir aquellas derivadas de la desnutrición) y, finalmente, los accidentes.
¿Puede el hábitat forestal satisfacer las necesidades de estas especies? La respuesta es sí y no. Evidentemente, tanto el gamo como el jabalí parecen desenvolverse bien. Sin embargo, el jabalí no constituye un buen ejemplo, ya que gran parte de sus poblaciones se beneficia de la alimentación suplementaria proporcionada en cebaderos. Por ello, la densidad de jabalíes refleja, en cierta medida, una capacidad de carga artificial.
El gamo, por el contrario, parece prosperar sin dificultades y muestra un crecimiento poblacional constante. El corzo también parece haber alcanzado un equilibrio con las condiciones alimenticias actuales, algo que se refleja en las densidades de capturas relativamente estables registradas durante los últimos catorce años.
La evolución de las especies autóctonas, el alce y la liebre de montaña, cuenta una historia diferente. Ambas muestran tendencias poblacionales descendentes a largo plazo, especialmente la liebre de montaña. Esto sugiere que el hábitat forestal está experimentando una transformación continua que perjudica a ambas especies. La cuestión clave es, por tanto, qué ha cambiado en el hábitat forestal y qué ha provocado dicho cambio.
La diferencia más evidente se encuentra en el estrato herbáceo, el estrato muscinal y las primeras fases de desarrollo de arbustos y árboles. Para quienes recuerdan cómo eran los claros de tala pocos años después de la corta durante la década de 1970, el contraste resulta evidente. Los datos del Inventario Forestal Nacional respaldan esta observación. La riqueza de especies y la densidad de la vegetación que se regeneraba de forma natural en los claros de tala de mediados de la década de 1990 difieren claramente de las observadas en los claros de tala actuales.